miércoles, 27 de febrero de 2013

Conclusiones



He llegado al convencimiento de que la erudición
no vale lo que la cultura.

De que la erudición y la cultura juntas,
 no valen lo que la sabiduría.

Y de que la erudición, la cultura y la sabiduría,
 no valen lo que la bondad.



 Mariaje López.



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martes, 19 de febrero de 2013

Alcalá de Henares.






He vivido en Alcalá de Henares durante treinta años. Hace muchos tuve que cambiar de domicilo. A menudo el recuerdo me lleva allí, y en ese transporte los registros emotivos se multiplican. Esta ciudad lo es por título propio, concedido por Sancho IV. Mi historia está irrevocablemente unida a sus calles y plazas, y sobre todo, a sus personas. Allí siguen la mayoría de amigos, a quienes sólo superan en veteranía un par de amigas viven en otra parte.

Desde el principio tuvimos afinidad Alcalá y yo. Sus ilustres fantasmas me cuchicheaban al paso. La Casa de los Saavedra era para mí la de unos vecinos más, tan entrañable se me antojaba. Cervantina devota desde la lectura adulta del Quijote, nunca dejó de emocionarme su proximidad cotidiana.

Mi ocurrente amigo Nacho Lledó suele denominar a esta ciudad como “La república independiente de Alcalá”, y ciertamente tiene, al menos para mí,  mucho de singular. En el tránsito por sus calles descubrí  sorpresas, delicias y también, claro está, amarguras. Las paseé unas veces cabizbaja y otras con aplomo. Tengo recuerdos de horas tristes, absurdas, pero también de las más portentosas y felices que entresascar puede mi memoria. 


En Alcalá ha tenido lugar el mayor proceso alquímico que he experimentado nunca. Allí sigue parte de mi alma, allí seguirá siempre. La recuerdo, alborotada, extraña, suspendida sobre los abismos colosales de la desesperación, o apuntalada sobre la tierra de la esperanza. Firme en la serena paz de la reconquista, o rozando el eterno, en las puestas de sol abigarradas que desde mi balcón sin obstáculos, parecían siluetas de costas fantásticas y deshabitadas.  


La Plaza de Cervantes, nevada.


Salir a pasear una mañana festiva por el casco histórico era para mí, aparte de un lujo, una aventura de la que no sospechaba nunca el final. Un día hallaba la Calle Mayor repleta de caballos, yeguas, percherones, carruajes, perros de todas las razas -nunca gatos, que cualquiera los sujeta-, conejos, hámsteres, periquitos, cacatúas, loros, tortugas y algunas otras criaturas que no alcanzo a recordar, aprisco de San Antón incluido. Otro las ocupantes eran estatuas vivientes, y otro cualquiera los pintores con sus caballetes y óleos inmortalizando la vida bajo los pórticos vetustos. Reiteradamente mis pasos se dirigían al Museo Arqueológico. A veces justo cuando iba a entrar escuchaba una voz atiplada a mi espalda, en la Plaza de las Bernardas, al grito de:

-¡Majestad!

Entonces me volvía para comprobar que el dueño de la voz no era otro que Cristóbal Colón, saludando a Isabel la Católica. Eso sí, ante un nutrido grupo de turistas de los que nunca está falta la ciudad. Había entonces -y habrá hoy-, diversas rutas dramatizadas que empezaban a estilarse por entonces, y no sólo cervantinas. Dedicada a Quevedo había una, y de las antiguas andanzas estudiantiles en la vieja universidad otra, y bastante divertida. 


Y ya que estamos con estudiantes, una vuelta a la Universidad de Alcalá de Henares, que tiene una fachada plateresca del siglo XVI, diseñada por Rodrigo Gil de Hontañón, que maravilla por su equilibrio y belleza. Ha sido replicada varias veces en el mundo. Recuerdo como ejemplo la fachada del Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires.




Al salir del museo, buenamente podía encontrarme según las fechas, a doce o quince costaleros ensayando en chándal, aguantando bajo una carroza sin santos, con bolsas llenas de piedras en la cubierta para asemejar el peso que tendría ya con las imágenes encima. La cuadrilla de esforzados marchaba a golpe de música enlatada, a paso gateao, precedidos por su capataz.

Antes de comer, si mediaban a favor el cronos y el kairós, bien podía pasarme en visita relámpago por La Quinta de Cervantes, para echarle un vistazo a la exposición de turno. 




De regreso a casa, solía detenerme un instante ante la pintura mural que está junto a La Panadería, local de nombre engañoso, pues se trata de un bar de copas. Así se llama porque antes era lo que hoy sugiere, y porque lo quiso el holandés que supongo, seguirá regentándolo. Siempre contrataba al mismo artista callejero, un joven de nombre Diego, ya muy respetado hasta por los vándalos. La última pintura que admiré era una recreación futurista del cuadro de Rembrandt “La Ronda de Noche”, que estuvo pintando con aerógrafo durante casi un mes. Hace poco fui por allí, y todavía quedan restos, al cabo de los años, de la obra de arte. Rezuma sátira antibelicista, humor ácido, con alegato poético lopeveguiano incluido, y raudales de talento.

Y así llegaba a casa con los sensores atiborrados, buen apetito, y el espíritu repleto. Especialmente si era primavera y
el campo colindante a mi barrio estaba lleno de amapolas, como en esas fechas sucedía cabalmente






Es difícil explicar la conexión con algo que parece neutro, inerte, ajeno al crucigrama vital que reta cada día, desde sus coordenadas sin descifrar. Percibía mi historia integrada en el paisaje, en la arquitectura, en los cielos increíbles de sus plazas crepusculares, recortadas a base de cúpulas y siluetas de cigüeñas. Escuchaba la vida repicando en mis tacones contra los adoquines, retando a duelo a los campanarios, pasando páginas desgastadas y estrenando las nuevas. Cincelando golpe a golpe el presente, con todas las consecuencias. 

Alcalá de Henares fue paraíso, infierno, inspiración, Tíbet, caja de Pandora, tiempo unas veces perdido y casi siempre intensamente vivido, reserva de amigos, dolor, trampaliberación, alegríami  mentira y mi verdad. La explicación práctica de lo indisoluble


Mariaje López.

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jueves, 14 de febrero de 2013

Epílogo para un corazón de pizarra.



Casi terminando 2.012, conté en el post  Un corazón de pizarra, algo que me sucedió durante el verano de 2.002 en el lucense Valle de Rao. No podía imaginar entonces que la historia tendría un epílogo igual de  curioso. Con la aparición y permanencia de Paco en mi vida di por cumplido el oráculo y escribí lo que creía el final de la anécdota.

Pues bien; parece que en esta suerte de historias no debiera aventurarse un fin, que ya se encarga la casualidad de tales rúbricas, sin prestar atención a conjeturas.

Aquí me encuentro, frente a mi sufrido HP -iniciales que unas veces corresponden a Hewlett Packard y otras a cierto desahogo visceral con puntos suspensivos, según las emociones que me desaten su funcionamiento-, dispuesta a escribir el que yo creo epílogo, sin comprometer ya mi convicción. Bien pudiera tratarse únicamente de otro episodio. Mi abuela solía decir que no hay guarra sin melindres ni dos sin tres; no me preguntes, ignoro la razón del maridaje, y aunque la primera parte no me consta, viene a cuento la segunda.

El pasado domingo Paco y yo decidimos hacer una excursión. De improviso, sin haberla programado. En el quinteto de los Cámara brother's, lo de las planificaciones está proscrito. Sólo las practica la que culmina el sexteto, Magdalena, y porque es fémina, supongo. Sus hermanos deben achacar a esto, y no a otra cosa,  los sarpullidos que ella padece ocasionalmente, según dice, a causa de cierta bisutería. A ellos, desde luego,  no les castiga ese prurito ni por contagio severo. 

Resignada al estilo anti previsiones como uno puede resignarse a las lentejas, gusten más o menos, hace cuatro días me instalé en el asiento derecho del Qashqai, sin pajolera idea de mi destino. Al conductor le pasaba más o menos, pero ya digo que otra disposición en él, habría sido preocupante.

Carretera arriba, carretera abajo, acabamos en el Pontón de la Oliva. Se trata de una presa ya en desuso, situada en la Sierra de Ayllón, (Guadalajara). E
n el año 1.851, el rey consorte Francisco Asís presidió la colocación de su primera piedra -no rebusques, que no me meto en las correrías del Borbón-. La construcción se inauguraría en 1.858 como parte del primer sistema del Canal Isabel II. 




Notablemente menos experta que mi pareja en tránsitos rupestres, yo me afanaba en seguir sus pasos con precaución. Se trataba de no tropezar, resbalar o atajar rodando por las pendientes que por lo común, suelen zanjar un costado de los exiguos y pedregosos senderos por los que se anticipa, y que a decir verdad, son sus predilectos.

Mirar al suelo mientras caminas tiene sus inconvenientes, pero también beneficios. No puedes disfrutar continuamente del paisaje, pero te encuentras cosas; y algunas hasta agradables. Paco había conjeturado que por allí habría bastante pizarra. 

Esperaba encontrar algún trozo aparente, pero un segundo corazón, eso ni por lo más remoto. 

Sin embargo allí estaba, al borde del camino y de la inagotable capacidad de sorpresa que guarda cada día. Era muy parecido al primero, algo más grande. Con una muesca central en la línea de intersección superior casi de calco. Una réplica aumentada, increíble, once años después. Aquí está la foto; no lo he soñado.





La sentencia hecha realidad se autoproclama repitiendo el guiño, redundando en la forma y añadiendo  contundencia. La primera vez fue una promesa sorprendente, la segunda el sello de la palabra cumplida; surgiendo de repente en el rumbo compartido, en el paisaje que estábamos descubriendo juntos. Otra vez los símbolos hablando; ricos, profundos, magníficos, generosos. 
 
Y entre los dos hallazgos el nexo de unión: un milagro. 
Se llama Francisco, y es el hombre de mis realidades

Feliz día de hoy. 
Feliz día de mañana. 
Feliz día de pasado mañana. 

Feliz cualquiera de los días que pueda seguir diciéndote que te quiero, que es presente a secas, o mejor en ese otro presente que para mí es más radical y que viene con gerundio:  te estoy queriendo. 



Mariaje López.


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lunes, 4 de febrero de 2013

La plaza nevada.



La madrugada se escapa entre las columnas grises de la plaza. Los arcos, interrogantes densos y sombríos, escoltan una lluvia de microscópicas estrellas blancas. Palidece el empedrado lentamente, y mis pensamientos se pasean sobre la nieve sin dejar huellas. Extrañas letanías que engarza el corazón para no sentirse solo.

En la penumbra se desliza cantando la sombra de un borracho. Un traspié quiebra la serenata contra el suelo inmaculado. Allí se queda un rato; mudo, como si las estrofas le hubieran estallado congeladas en el pecho; inmóvil, como una triste marioneta desahuciada.

Cuando se levanta, a duras penas, busca el contenedor y vomita en él sus pesadillas. Tras la convulsión alza la cara, exhausto y aliviado, permitiendo que la luz impía de un farol ahonde en los surcos que ha cincelado el miedo. Un miedo desfigurado y líquido, que le acecha insidioso con su letal gangrena. El infeliz no tarda en perderse por el arco grande, y dejo de oír su grito sordo, de presenciar la tortura inútil de su voluntad enferma. 

Escucho pasos en la escalera. Pasos que arrastran tedio, pasos desiguales. Luego golpes desmayados en la puerta, eludiendo el sonido del timbre, que detesta. Sin apresurarme, deslizo las cortinas de falso terciopelo.

Al entrar el borracho me mira de soslayo. Un instante basta para dejarme cosida en la memoria esa mirada vidriosa, ausente, enfebrecida; esas manos crispadas de tanto agarrarse al vacío.

Cierra los párpados, como si los venciera el peso de su vida miserable. Alcanzo a verlo nuevamente a la mitad del pasillo, entrando ya en el dormitorio. Allí se derrumba sobre la cama, y se repliega  como si algo le estuviera quemando en las entrañas.

Contemplo la escena desde fuera, sin traspasar el quicio. Entonces sí; me atisba desde no sé qué mundo propio y tenebroso. 

Le descalzo, le arropo, le miro... me pregunta una vez más, para qué existimos. Ya no me quedan ganas de ensayar respuestas, y cierro la puerta como un autómata, abrumada por un cansancio infinito.

Pesadamente, como si de una armadura se tratara, me pongo el abrigo, la bufanda, los guantes... el sombrero. Suelto la maleta en el rellano y apago todas las luces. Le oigo roncar, y le intuyo náufrago de algún sueño cenagoso y lúgubre. La desesperación se cierne como un buitre sobre su almohada. Yo fuerzo la esperanza sólo para desearle suerte, y giro la llave de esta cerradura, por última vez y para siempre.

No es amor morir con el suicida, ni compasión acompañarle a cavar su tumba. 


Mariaje López.


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