lunes, 27 de octubre de 2014

Infinitivo simple: estar.





Hay instantes que por más años que pasen nunca olvidas. No son grandes acontecimientos, ni sublimes horas compartidas. No son los impactos áridos de las derrotas, ni el pasajero cénit de las victorias.

Son instantes en los que aparentemente nada ocurre; estampas vestidas de soledad atenta, milenios de evolución atrapados en una mota de vida, relámpagos de plenitud que cruzan este momento y te hacen uno con él.

Es el aquí y soy yo; cuando se diluye la bruma, cuando la vida secreta aflora, cuando la otra dimensión se despliega poliédrica y brutal, inefable y deslumbrante, bella y sobrecogedora. Le da igual de qué cielos o infiernos le hable tu alma; porque tu alma, llegada a esta secuencia, no puede hacer otra cosa que emborracharse de paz.

En ese instante inefable de total presencia, el ahora revela lo que es, y cada objeto narra su historia. Estás en todas partes porque sólo estás en una, y te sientes ajeno al tiempo en la certeza absoluta de que si pudieras, te quedarías aquí, en este eterno silencio donde palpita el mundo, donde no tienen cabida el tedio y la sinrazón, donde nunca te sientes solo  porque sabes que formas parte de una realidad sin límites que fuera de aquí no conoces ni sospechas.



Mariaje López.
 

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miércoles, 8 de octubre de 2014

Quinta de Regaleira; un atajo al inframundo.




Palacio Nacional de Sintra
Estás en la Plaza Mayor de Sintra, muy cerca del Cabo da Roca, extremo más occidental del continente europeo. A tu derecha, con sus dos grandes y enigmáticas chimeneas cónicas, antes pintadas de negro y ahora de blanco, el Palacio Real. A tu derecha la sierra, exhibiendo con ostentación sus fortalezas, el Palacio da Pena, el Castillo dos Mouros, las casas y mansiones que salpican sus verdes laderas. Escenarios brumosos propios de leyendas románticas, gestas caballerescas y cuentos de Andersen. La lluvia se despliega intermitente, y en los frondosos jardines un velo neblinoso se adhiere a las rocas y a las copas de los árboles. El microclima de esta zona satina las piedras, verdea los muros y las calzadas, empapa los bosques, y los surte de abundancia para que ignoren lo que significa tener sed.


Castillo dos Mouros al fondo


Llevas anotado en mente el nombre del primer lugar que visitarás en la ciudad. Otros que estuvieron allí antes te lo mencionaron, y tú, que gustas del lenguaje de los símbolos, sientes una gran curiosidad, es una suerte de atracción que envuelta en esta bruma tiene algo de melancólica. Preguntas y te explican que está a pocos minutos del centro, y hacia allí te encaminas paseando; sin urgencias, pero expectante.

Asciendes la leve pendiente de la calle con los sentidos alerta. Aproximadamente hacia la mitad del trayecto encuentras a una docena de turistas parados frente a la puerta de un viejo hotel, se trata del Lawrence´s. En un perfecto inglés el guía cuenta que en esta casa se ha alojado varias veces Lord Byron, gran admirador, como tantos otros artistas, de estos líricos parajes.

Hotel Lawrence's



Tres minutos después bordeas el muro de la finca que buscabas. Al principio hay una entrada que hoy no se utiliza: la llamada Logia de Pisöes. Un poco más adelante está la puerta principal de la Quinta de Regaleira. Frente a ella, ya hay algunas personas esperando a su apertura, que será a las diez y media. Cuando el reloj marca esa hora la verja se abre y cruzas el umbral. Acabas de convertirte en peregrino del inframundo. Los gatos serán los primeros en recibirte, no te temen ni te estorban; ellos moran en sus dominios, pero admiten tu llegada con generosa indiferencia.